Los cassettes del exilio : Radio Ambulante Hace unos años Dennis Maxwell fue a Chile a ayudar a su hermano a mudarse de casa. Entre las cajas encontraron unos cassettes donde estaba grabada gran parte de su niñez. Su papá estuvo exiliado durante una década y estos cassettes fueron la principal forma de comunicación entre él y el resto de su familia.



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Los cassettes del exilio

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TIENDA RADIO AMBULANTE: Hola, soy Xochitl y les traigo buenas noticias: abrimos una nueva tienda virtual de Radio Ambulante y los productos están tan buenos como nuestras historias. Yo, por ejemplo, no puedo empezar el día sin un buen café y en la tienda hay una taza que está ¡bella! También tenemos un hoodie perfecto para escuchar el podcast en las mañanas frías.

Para ordenar, solo tienen que ir a radioambulante.org/tienda. Enviamos a todo el mundo.

DANIEL ALARCÓN, HOST:

Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Estamos pensando en Chile en estos días, ya que este 25 de octubre, el país va a votar en un plebiscito para definir si es que se escribe o no una nueva constitución.

Nos pareció el momento oportuno de volver a presentarles una de nuestras historias favoritas, que se publicó por primera vez en 2017.

DENNIS MAXWELL: Bueno, esto comenzó cuando, con mi hermano, encontramos una caja con muchos cassettes.

ALARCÓN: Este es Dennis Maxwell, seguramente lo han escuchado en varios episodios de Radio Ambulante.

MAXWELL: Yo había viajado a ver a mi familia a Chile y mi hermano aprovechó para pedirme que le ayudara a moverse de casa. Era una tarde de verano en Santiago, de mucho calor. Estábamos sacando un montón de cajas polvorientas que mi hermano tenía almacenadas por muchos años en un clóset, en casa de un amigo. Cuando a él se le ocurrió abrir una de estas cajas, para ver qué tenía, y adentro había al menos 20 cassettes con sus cajas y sus etiquetas, todas escritas a mano.

ALARCÓN: Y supo inmediatamente qué había en esos cassettes.

MAXWELL: Me vino una gran emoción porque yo daba por perdidas estas cintas.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: Hola, qué tal. ¿Cómo están? Bueno, empiezo saludándolos como siempre a todos, uno por uno…

ALARCÓN: Estaba grabada toda su niñez. Y al escucharlos otra vez revivió sensaciones y recuerdos de un periodo complicado. Uno que Dennis ya veía como algo muy lejano.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: ¿Cómo están ustedes? Mamá, espero que también me escuches. ¿Cómo están?

ALARCÓN: Un periodo que marcó de forma definitiva a su familia.

Desde el año 1976 a 1986, el papá de Dennis estuvo exiliado, viviendo fuera de Chile. Y para Dennis, esta voz...

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: Nada, les voy a pedir que no se demoren nuevamente tanto tiempo en escribirme, otra vez se los pido...

ALARCÓN: Era lo único que tenía de su padre.

Aquí Dennis.

MAXWELL: En 1973, mi papá trabajaba en el canal de televisión, en el canal 9, que era el canal de la Universidad de Chile. Un canal eminentemente de izquierda en los años de la Unidad Popular, que fue como se le llamó al gobierno socialista de Salvador Allende. En septiembre de ese año hubo un golpe militar y de repente Chile se volvió un país muy violento.

Mi padre se acuerda bien del estrés de esos días justo después del golpe:

ALBERTO: Ya desde el primer día nos empezamos a enterar de que habían muertos, de que habían desaparecidos, etcétera. Comenzaron a buscar a compañeros de nuestro canal, en realidad, y creo que comenzaron a buscarnos a muchos.

MAXWELL: Ya para el tercer, cuarto día, mi papá se enteró de que habían matado a mucha gente amiga.

ALBERTO: Conocidos míos, gente cercana a… a mí y a… a nuestra familia. Y empecé a preocuparme, dándome cuenta de que la situación era dura.

MAXWELL: A los diez días, mi papá llegó a la casa y le dijo a mi mamá que teníamos que irnos del país.

MARÍA EUGENIA: Y eso para mí fue como que se me vino el mundo encima porque todo fue un encadenamiento de cosas muy fuertes.

MAXWELL: Bueno, y lo más cercano para salir de Chile era cruzar la cordillera de Los Andes y refugiarse en Argentina. Pero era tan peligroso en ese momento para mi papá estar en Chile que él decidió irse primero.

Y mi mamá se quedó sola con nosotros tres: con mi hermana Gayle, de tres años, mi hermano Laurence, de seis, y yo, que apenas tenía un año. Desarmó la casa lo más pronto que pudo, dejó algunas cosas donde su hermana y otras donde su mamá. Y armó…

MARÍA EUGENIA: Unas bolsas marineras que hice a máquina, de lona, para llevar lo que más pudiera de ropa, eh, ropa de cama, servicios... lo que más pude llevarme.

MAXWELL: Un mes después de que mi papá se fue arrancamos todos. Y mi mamá me cuenta que nos fuimos en un bus, en un viaje que duró un día y medio. Y mi mamá se acuerda de que cuando llegamos a Portillo, un pueblo todavía del lado chileno…

MARÍA EUGENIA: Se puso a nevar muy fuerte y eso dificultó el viaje porque estuvimos ocho horas parados en… en Portillo con mucho frío y subidos en esta micro chica. Y yo con ustedes tres. Fue bien pesado.

MAXWELL: La verdad es que yo no tengo tengo muchos recuerdos de mis primeros años en Buenos Aires. La mayoría de mis memorias de esa época son más como imágenes, como fotografías. Pero una de las pocas cosas que sí me acuerdo era de un personaje que mi papá se inventó: el Abuelo. Mi papá trabajaba en una fábrica y cuando llegaba de su trabajo...

ALBERTO: Que era bastante pesado y llegaba cansado, yo exageraba un poco también la nota del cansancio para poder jugar con ustedes de una manera más lúdica y… y… y distinta.

MAXWELL: Se iba a su cuarto, supuestamente a dormir, pero como a los cinco minutos de haberse ido, salía de su cuarto un anciano maquillado...

ALBERTO: Con polvos talco en el pelo y no me acuerdo que otras cosa me ponía. Creo que me dibujaba con un lápiz unas arrugas más pronunciadas en la cara.

MAXWELL: Y se ponía un sombrero, unos pantalones distintos, un chaleco como de traje antiguo.

ALBERTO: Y aparecía el Abuelo, que era en realidad un contador de aventuras.

MAXWELL: El Abuelo era un eterno viajero. Siempre andaba recorriendo alguna parte del mundo y metiéndose en algún lío. Y, cuando lo pienso ahora, es como un presagio de lo que vendría. Con el Abuelo hacíamos de todo. Hasta me acuerdo que una vez volvimos a Chile.

ALBERTO: Les contó a ustedes que había conseguido un globo aerostático y con el cual se podía cruzar la cordillera y con el cual podrían ir a pasear a Chile.

MAXWELL: Y juntamos unas sillas de paja que teníamos.

ALBERTO: Puse las cuatro sillas y los invité a ustedes, que eran pequeñitos. Tú eras el más pequeño, evidentemente. Tú tenías ¿cuánto? Unos tres años. Los invité a subirse ahí al… al globo.

MAXWELL: Haciendo todo un teatro de que íbamos a volar.

ALBERTO: Primero lo encendimos, se calentó, se hinchó el globo. Y las sillas eran el canasto en el cual íbamos a navegar.

MAXWELL: Y yo creo que mi vértigo viene de ahí. De pronto venían unas ráfagas de viento que nos hacían perder el equilibrio.

ALBERTO: Yo les iba contando lo que íbamos viendo. Ustedes se posesionaron tanto que creo que en verdad veían lo que íbamos viendo hacia abajo.

MAXWELL: Y cruzamos todo Argentina desde Buenos Aires, luego cruzamos la cordillera de los Andes, que es inmensa de grande, ¿no?

ALBERTO: Alcanzábamos incluso a sacar hielo de las puntas de los cerros para poder refrescarnos porque era verano muy caluroso.

MAXWELL: Y hasta llegábamos a Chile. Y cuando volvimos...

ALBERTO: Y ustedes salieron corriendo a contarme a mí, al papá, al padre, a contarle el viaje que habían tenido con el Abuelo.

MAXWELL: Y les cuento esto porque quiero que entiendan cómo era mi papá. Y para que entiendan cuánto puede un niño extrañar a un papá como ese.

En el 76, sólo tres años después de haber salido de Chile, nos pilló otro golpe de Estado. Esta vez el de Argentina.

ALBERTO: El chileno que encontraban en las calles de Buenos Aires lo metían preso sencillamente por ser chileno.

MAXWELL: Y bueno, uruguayos y brasileros también. Mi papá ahí empezó a ver cómo podía irse. Y una amiga de la familia que se había refugiado en Francia hizo las gestiones a través de las Naciones Unidas para ayudarnos a salir de Argentina. Pero sólo nos ofrecieron un solo pasaje para ir a París. No teníamos la plata para pagar por los demás, así que mi papá, que era el que corría mayor peligro, viajó a Francia con la idea de allá trabajar y juntar el dinero para poder llevarnos a todos.

Mis hermanos, mi mamá y yo volvimos a Chile. A Santiago. Esta vez salimos nosotros primero.

MARÍA EUGENIA: Para mí hay como una fotografía muy dolorosa, que fue el día que viajamos nosotros de regreso a Chile en tren y tu padre nos fue a dejar por supuesto a la estación. Y era un día que estaba lloviendo.

ALBERTO: Lo último que recuerdo es haberlos visto a través de la ventana del tren mientras el tren iba partiendo y en Argentina empezaba a llover.

MARÍA EUGENIA: Entonces era muy como significativo el hecho de que tu papá estaba abajo y nosotros todos arriba del tren, despidiéndonos. Y corrían las gotas por el vidrio.

ALBERTO: Y yo los veía a ustedes adentro con sus caras de pena, medios llorosos. Y a mí también que se me caían las lágrimas, parado en el andén, mirándolos irse.

MAXWELL: Era 1976 y no volvería a vivir con mi papá por una década.

Los primeros años de vuelta a Chile me costaron mucho. Tanto así que, con sólo seis años, mi mamá me llevó donde un psicólogo. Y ahí me diagnosticaron una fuerte depresión. Me acuerdo que lloraba mucho. Lloraba mucho en el colegio. Los profesores ya no sabían qué hacer conmigo y me sacaban del salón. Y me acuerdo de estar solo, en el patio del colegio, mientras mis compañeros seguían en la clase. Y claro, no sólo fue difícil para mí, que era el más chico, sino para todos en la familia.

MARÍA EUGENIA: Para mí fue doloroso en el sentido de que, por ejemplo, me acuerdo que Laurence, que era el mayor, eh, me dijo un día: “Mamá, como ahora no está mi papá con nosotros, yo te voy a ayudar”. Y eso para mí fue doloroso, porque tenía nueve años.

MAXWELL: Mi hermana, según mi mamá, no demostraba mucho, pero cuando tenía sólo siete años cambió de repente. Como que maduró muy rápido.

MARÍA EUGENIA: Y se puso demasiado responsable en su colegio, en la casa.

MAXWELL: Algo que para una niña tan pequeña no era nada normal. Según mi mamá...

MARÍA EUGENIA: Planificaba sus… hasta las peleas con las amigas: las escribía en un papelito, todo lo que iba a hacer al día siguiente.

MAXWELL: Mi papá intentaba superar la distancia con unas cartas. Me acuerdo de unas cartas larguísimas. Mi mamá nos las leía a la hora de cenar o antes de ir a acostarnos. Y como en el año 78, dos años después de haberse ido a Francia, mi papá empezó a mandarnos cassettes.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: ¿Cómo están? Me acaban de llegar dos cartas recién, recién, recién. Aquí las tengo. Las estoy abriendo. No, no las estoy abriendo en realidad. Ya las leí, ¿no? Las estoy abriendo de nuevo. Una carta de Laurence y la otra...

MAXWELL: En esos años el correo podía tardar semanas en llegar. Muchas veces también las cosas que mi papá mandaba se perdían o se las robaban. Nos llegaba un cassette por mes o quizás cada dos meses.

La llegada del cartero me causaba mucha ansiedad en esos días. Pero cuando finalmente llegaba el cassette, lo poníamos en una grabadora Sony que mi mamá había comprado, un aparato que tenía unos botones muy grandes. Le apretábamos play y nos sentábamos todos alrededor: mi mamá y muchas veces mi abuela, la mamá de mi papá.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: Esta vez, especialmente para ustedes los niños, porque como les había prometido unas historias, bueno, ahora se las voy a contar. Estuve pensando sobre qué historias contarles. No sabía si inventar alguna historia u otra cosa…

MAXWELL: Este es mi hermano, Laurence.

LAURENCE: Nos mandaba estos tapes que él grababa con su voz, ¿no?, en que nos iba también contando lo que él iba descubriendo de la sociedad francesa, eh, de las ganas que tenía de vernos, ¿no? Y en estos tapes nos iba contando también cuentos, historias que él… que él inventaba.

MAXWELL: Y en esas historias se escuchaba la personalidad de mi papá.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: Pero les voy a contar un poco, este, qué viaje hice por España. Fui con amigos en auto. Ah, y a los niños especialmente tengo que contarles que justo cuando yo me estaba preparando para hacer el viaje este a España, ¿a que no saben quién llegó por aquí, quién llegó a visitarme? ¿Saben quién llegó? Claro, el Abuelo. El Abuelo, que andaba de viaje por Europa. Así que partimos con el Abuelo también, pues...

MAXWELL: Y escuchar otra vez al abuelo era una manera de darle continuidad a la relación que habíamos construido.

Cada vez que aparecía el abuelo sentía una tremenda nostalgia. Tenía unos ocho años, pero sentía que mi padre estaba ahí, en esa Sony de mi mamá.

ALARCÓN: Una pausa y volvemos.

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ALARCÓN: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, Dennis Maxwell nos contaba de su niñez, de la relación que construyó con su padre a través de una grabadora Sony. Desde su exilio en Francia, el padre de Dennis mandaba sus grabaciones y con esos cassettes intentaban mantener un vínculo.

Dennis nos sigue contando.

MAXWELL: Después de un tiempo mi papá ya no era el único que grababa cassettes. Nosotros también:

LAURENCE: Como todos los niños éramos bastante curiosos, en términos de explorar las… las posibilidades que daba la nueva tecnología.

(SOUNDBITE CASSETTE)

NIÑOS: No, esa no. Cántale... Perrita perdida. No. ¡Sí! Bueno, ya, ya.

MAXWELL: Y cuando le grabábamos lo hacíamos con mucha naturalidad. Para nosotros, esa máquina era parte de nuestra vida, siempre ahí, siempre relacionada con él.

LAURENCE: Entonces lo dejábamos encendido ahí y jug… y por mientras jugábamos. Y de repente se nos ocurrían cosas ahí y se las decíamos espontáneamente. O a veces nos poníamos de acuerdo y le cantábamos una canción.

(SOUNDBITE CASSETTE)

NIÑOS: Ya. Un, dos, tres: Yo muy tempranito me levanto en la mañana, lavo mis manitos y también muy bien la cara…

MAXWELL: O le contábamos con lujo de detalles cosas que habíamos hecho. Esta, por ejemplo, es mi hermana Gayle:

(SOUNDBITE CASSETTE)

GAYLE: Hoy día es 24 de marzo, creo. Ah, sí, eso dice mi mamá. 24 de marzo.

NIÑO: ¿Con quién hablas?

GAYLE: Que ayer, eh… ayer domingo fuimos a… a… ¿cómo se llama? Al Cajón del Maipo, por allá, por donde están las represas. Allá en… ¿cómo se llama esto?

MAXWELL: Casi siempre nosotros grabábamos por un lado del cassette. Y si mi abuela estaba ese día de visita grababa algo con nosotros. Y mi mamá casi siempre grababa por el otro lado.

(SOUNDBITE CASSETTE)

MARÍA EUGENIA: Hola, gordito. Esto era como un divague. Quería… quería hacerte una introducción musical. Por ahí más adelante a lo mejor te canto una canción que me gusta mucho, que me... la estamos recién sacando con el Nano. Él me acompaña.

MAXWELL: Le contaba sobre nosotros.

(SOUNDBITE CASSETTE)

MARÍA EUGENIA: Dennis está bien. Un poco flaco lo encuentro, pero está bien. Le encanta andar haciéndose el payaso y haciendo chistes y bromas. Tiene un… un carácter muy lindo el Dennis.

MAXWELL: Y claro, le contaba sobre ella.

(SOUNDBITE CASSETTE)

MARÍA EUGENIA: No sé. A pesar de que hace tanto tiempo que no… no te he hablado, no te escribía, no sé... en este momento como que se me van las... todas las cosas que te quiero decir.

MAXWELL: Yo no escuché estos cassettes de mi mamá cuando ella los grabó. Claro, eran mensajes entre ellos y no para nosotros, los hijos. Y quizá va sonar tan simple, tan insignificante, pero no lo es: no había escuchado nunca a mi mamá decirle “gordito” a mi papá. Es que yo era muy niño cuando vivían juntos. Entonces nunca vi un matrimonio de verdad entre los dos. Así que cuando escucho esto:

(SOUNDBITE CASSETTE)

MARÍA EUGENIA: Respecto a mí, estoy feliz porque entré a estudiar algo que quizás... no sé, yo siempre pensé que… que me gustaba, pero no me sentía capaz. Y este año dije: “No, voy a estudiarlo”. Y estoy feliz. Entré a estudiar teatro y tengo diez horas de clase a la semana. Son...

MAXWELL: Es como si estuviera escuchando el final de la relación. Cuando dice, “estoy feliz”, ya me imagino cómo debe haber sonado para mi papá. Sonaba a: “Yo me quedo”. A: “Yo no me mudo a Francia”. A: “Mis hijos y yo nos quedamos en Chile”.

Si bien la relación de mis padres ya tenía problemas antes de que mi papá se fuera a Francia, sin duda que la distancia debilitó aún más la relación. Y poco a poco fueron aceptando la realidad que les había tocado vivir. Y mi madre fue echando raíces nuevamente en Chile. Comenzó un negocio con su hermana, un jardín infantil y, claro, siempre preocupada por nosotros y de nuestra crianza.

Mientras, mi papá por su lado trataba de seguir educándonos desde lejos. Lo hacía a través de anécdotas, de narraciones sobre algún viaje que había hecho o sobre un museo que había visitado. Hay un momento muy significativo en uno de esos cassettes. Mi hermano se acuerda mejor que yo:

LAURENCE: Siempre la he recordado porque ese es como el ejemplo, ¿no? De la nostalgia que él tenía de… de esta comunicación más directa con nosotros, en que él hace un montaje. Hace un montaje con nuestras voces.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: Quería hacer un experimento y… y ver si podía conversar un poco directamente con… con los niños.

LAURENCE: Estamos hablándole a él a través de estos tapes, desde lejos, desde Chile, ¿no?, y intercala, él pone su propia voz allí, ¿no? Entonces hace como que él estuviera dialogando con nosotros.

(SOUNDBITE CASSETTE)

ALBERTO: A ver, Laurence, dime tú. ¿Te acuerdas en el cassette último ese que me mandaron, tú me estabas contando algo de que te había mandado la Nana o que te había traído la Nana? A ver, ¿cómo era la cosa? ¿Qué es lo que te trajo la Nana?

LAURENCE: La Nana me… me trajo esa foto en donde sale el abuelito José María Canales.

MAXWELL: Hacer este montaje que mi padre hizo con la tecnología que tenemos hoy no costaría mucho, pero con los aparatos que él tenía en esos años era muy difícil. Se consiguió una grabadora de doble cassette, una Overlay, especialmente para hacer este tipo de ediciones.

ALBERTO: Me hacía sentir más cercano a ustedes y más partícipe con ustedes. Y que seguramente me daba a mí mismo una satisfacción tal, eh, como pa’ sentirme un poco mejor en este castigo que era el exilio.

MAXWELL: Pero lo he hablado con mi hermano y ambos coincidimos en que seguro había algo más ahí. Estaba reclamando su lugar.

LAURENCE: Y esta añoranza, ¿no? De … de vernos crecer y de saber de nosotros y de estar presente y de no perder esa… ese rol: el rol del padre, la figura paterna.

MAXWELL: Pasaron más de cuatro años así, con la figura de mi padre apareciendo sólo en los parlantes de una grabadora. Hasta que un día, en el año 81, nos dio una gran sorpresa. Con mucho esfuerzo había podido juntar un dinero y nos propuso que viajáramos con mi mamá y mis hermanos a Perú para encontrarnos con él allí.

Él no podía entrar a Chile, pero no le podían prohibir que nos viéramos en otro país. Así que en febrero de ese año, cuando yo tenía ocho, nos fuimos en bus a Tacna, que es una ciudad pequeña que está al otro lado de la frontera con Perú. Me acuerdo de ese viaje en bus desde Santiago, cuando cruzamos el desierto de Atacama. Viendo por la ventanilla ese paisaje árido, interminable y sintiendo esa enorme ansiedad de conocer finalmente a mi papá. Porque, bueno, lo había conocido a través de estos cassettes, sí: había podido saber de él, escuchar su voz, imaginarlo o haber visto alguna foto que él había enviado. Más o menos sabía cómo se veía físicamente, pero iba a ser la primera vez en mucho años que iba a tener a mi papá ahí en persona, que lo iba a poder tocar, que lo iba a poder abrazar.

Me acuerdo muy claramente de la espera. Habíamos quedado de vernos en la plaza central de Tacna. Estábamos mis dos hermanos, mi mamá y yo parados ahí, en la mitad de la plaza, esperando. Sabíamos que iba a aparecer en cualquier momento, pero no sabíamos si se iba a bajar de un taxi, si iba a llegar caminando o cómo. Me acuerdo muy bien de lo nervioso que estaba. Me parecía verlo en todas las caras que pasaban por la plaza en ese minuto. Hasta que creo que fue mi hermana la que lo reconoció y gritó: “¡Allá está mi papá!”. Salimos los tres corriendo hacia él, todos llorosos de felicidad, y cuando ya estuvimos al lado de él le saltamos encima y lo abrazamos. Y eso fue un abrazo que nunca voy a olvidar. Mi papá, claro, también se acuerda de ese momento:

ALBERTO: Recuerdo que ese momento, ese día y luego los días posteriores, no dejaba de mirarlos para ver los cambios que había habido en ustedes. Para ver cómo se expresaban sus caras, sus movimientos. Habían cambiado tanto, este... incluso habían cambiado en relación a lo que yo me imaginaba. Sus cuerpos, sus sonrisas, sus ojos.

De ti, por ejemplo, no puedo dejar de recordar tu cara como de asombro con que me mirabas. Como de asombro curioso, reconociendo a este hombre que era tu padre en tu inocencia de los ocho, nueve años, y expresándola a través de tu sonrisa, de tu mirada, de tu cara.

MAXWELL: Poco a poco nos fuimos acostumbrando, nos fuimos familiarizando más y más, reconstruyendo esa confianza. Esos días con mi padre estuvieron cargados de emociones y de mucha felicidad. Pero esa felicidad duró apenas cuatro semanas. Luego mi padre volvió a Francia y nosotros a Santiago.

Otra vez mi papá volvía a convertirse en la grabadora. Y claro, desde una grabadora no había defectos, no había confrontaciones, no había regaños. Era prácticamente perfecto.

LAURENCE: Habíamos construido una imagen paterna muy ideal, muy perfecta, ¿no? Y ese fue nuestro padre: esa figura ideal, perfecta, ¿no?, mítica. Ese fue nuestro padre.

MAXWELL: Y aprendimos a vivir con esa imagen. A defenderla frente a los compañeros de escuela, que muchas veces nos juzgaban por no tener un papá. Pero siempre supimos que él quería volver a Chile, a estar con nosotros.

Desafortunadamente pasarían más de diez años hasta que lo lograra. Y en esa década mi mamá rehízo su vida, siguió trabajando en teatro y conoció a alguien más. Y para mi padre las cosas también habían cambiado: ahora tenía una compañera francesa y una hija pequeña, mi hermana Adeline. Pero en 1986, nombraron a un nuevo cónsul chileno en París. Y este finalmente le entregó lo que los anteriores le habían negado a mi papá: un permiso para volver. Y en julio de ese año aterrizó en Santiago.

Y no les voy a decir que todo fue perfecto. En esos 11 años habían cambiado muchas cosas. Chile ya no era el mismo país que mi papá había dejado atrás. Y nosotros tampoco éramos los mismos niños que él había visto por última vez en Perú. Mi hermano Laurence tenía 19, Gayle 16, y yo tenía 14.

Primero llegó él sólo, sin su nueva familia, y llegó a nuestra casa. Fue emocionante y extraño tenerlo tan cerca. Hablábamos largo, sin el límite de tiempo que te daba el cassette, que duraba 60 minutos. A veces hasta madrugábamos conversando. Parte de mí no podía creer que lo tenía en frente. Y también me costó entender que su regreso no significaba que nuestra familia se había reconstruido. Quizá eso fue lo más duro.

Y su retorno tampoco fue permanente. Quizá no se acostumbró al nuevo Chile, no sé. Se separó de su pareja francesa y, en 1991, se fue a vivir a California. Dos años después lo seguí. Quería estudiar. Y fue la primera vez que vivimos juntos de verdad. Yo tenía 21 años. No fue nada fácil. Yo estaba acostumbrado a una vida muy autónoma, muy libre. Y mi papá quería ejercer su rol de padre. Quería tener autoridad sobre mí y no nos funcionó. Tengo mucha responsabilidad ahí también, hay que ser justos. Yo era un chico muy rebelde.

Ahora han pasado más de 20 años. Mi padre volvió a Chile y yo me quedé en California. Estoy casado y tengo un hijo. Él ya es un hombre mayor, de la edad que nos imaginábamos que tenía cuando hacía el papel del Abuelo, ese personaje inventado que nos entretenía tanto de niños.

Y cuando nos visita, lo veo, tirado en el piso, jugando con mi hijo. Y es el mismo que era conmigo y con mis hermanos. Juguetón. Cariñoso. Lleno de historias. Ya es el Abuelo. Pero el Abuelo inventado tenía aventuras imaginarias. Este en cambio, las ha vivido.

Durante toda esta historia, me he referido a él como papá. Pero debo confesar algo. En la vida real, no me sale tan fácil esa palabra. No sé por qué.

Le digo Alberto.

ALARCÓN: Ahora Dennis también ha creado un personaje para su hijo de cuatro años que no puede ir al colegio por la pandemia. Se llama el Profesor Brocha y en realidad es Dennis disfrazado de un señor de bigote grueso y una panza prominente, que visita la casa para dar clases de español. La inspiración para el Profesor Brocha viene del Abuelo, el personaje del papá de Dennis.

Dennis Maxwell es productor y periodista. Vive en Oakland, California. En el 2017 este episodio ganó el premio al Mejor Documental en Lengua Extranjera del Third Coast International Audio Festival.

Esta historia fue editada por Camila Segura, Silvia Viñas y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri y Rémy Lozano.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Jorge Caraballo, Aneris Casassus, Victoria Estrada, Xochitl Fabián, Miranda Mazariegos, Patrick Moseley, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Desirée Yépez.

Fernanda Guzmán es nuestra pasante editorial.

Carolina Guerrero es la CEO.

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, y se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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