Los aeropiratas : Radio Ambulante La historia del secuestro aéreo más largo y asombroso de América Latina.

En los setenta, secuestrar aviones en Colombia era una tarea fácil. Tanto que ya era rutina: los pilotos no se sorprendían ni la tripulación oponía resistencia. Pero el secuestro del vuelo HK-1274 se salió de control y tuvo en suspenso a todo el continente.



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Los aeropiratas

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JORGE CARABALLO: Hola ambulantes. Soy Jorge Caraballo, director de crecimiento. Estamos a punto de alcanzar una meta importantísima: llegar a un millón de reproducciones por mes. Eso, además de ser una marca simbólica, nos permitirá conseguir nuevos apoyos financieros y oportunidades como organización. Y para eso queremos pedirte un favor pequeño que hace toda la diferencia. Recomiéndale hoy Radio Ambulante a una persona que todavía no nos escucha. Piensa en un episodio que le pueda gustar y mándale el enlace, de Spotify o de nuestro sitio web. Si cada oyente trae una persona nueva a Radio Ambulante vamos a lograr de lejos esa meta y abril va a ser por primera vez el mes del millón. Desde ya muchas, muchas gracias.

DANIEL ALARCÓN: Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón.

Hoy vamos a viajar por todo el continente, a bordo de un avión colombiano. Pero no será un viaje tranquilo, se los advierto…

Hablamos del avión HK-1274 de la Sociedad Aeronáutica de Medellín, más conocida como SAM. Salió el miércoles 30 de mayo de 1973 desde Bogotá y aterrizó en… bueno… en muchas partes.

El avión despegó sin contratiempos y su primera parada fue en Cali.

Ahí subió el ciclista Luis Alfonso Reátegui, quien tenía que llegar a Medellín e iba con otros tres ciclistas. Al día siguiente, arrancaba en esa ciudad el Clásico RCN, una de las carreras más importantes del país.

Recordemos que estamos a principios de los años setenta. Subir a un avión no era igual a como es ahora: no había detectores de metal, ni rayos X, ni nadie revisaba maletas. Era casi como tomar un bus.

Este es Reátegui.

LUIS REÁTEGUI: La subida era normal, por una escalerilla. No llevábamos sino el tickete en la mano y allá llegábamos, lo entregábamos y listo. Pero no, seguridad casi no...

ALARCÓN: Hoy tiene 76 años y una tienda de bicicletas y motos en Cúcuta, una ciudad colombiana fronteriza con Venezuela, pero en ese entonces era un ciclista profesional que pertenecía al equipo del Valle.

Despegaron a la una y ocho minutos de la tarde y a la una y treinta y cinco hicieron otra escala de media hora en Pereira. Ahí se subieron nuevos pasajeros y se ubicaron en los pocos lugares que quedaban libres. En total, eran 84 pasajeros, ubicados en dos columnas de asientos.

Y dos de ellos se sentaron en la penúltima fila. Se quedaron tranquilos, hasta que el avión despegó.

Doce minutos después, se pusieron unas capuchas. Y lo que vino después sucedió muy rápido.

REÁTEGUI: Nosotros estábamos en la parte de atrás. Y con las las dos pistolas dispararon e hicieron un tiro a la… a la parte del piso y nos dijeron que quietos, que eso era un secuestro.

ALARCÓN: Diez mil metros de altura, dos encapuchados, 84 pasajeros y un tiro. Reátegui tardó unos segundos en entender lo que pasaba.

REÁTEGUI: Nosotros creímos que era, por ahí, por mamar gallo, por molestar. Pero cuando ya agarraron la azafata y la agarraron del pelo y le hablaba duro y todo. Nos dio mucho miedo a todos. ¡A todos los que íbamos en el avión!

ALARCÓN: Los pasajeros se quedaron todos quietos. Eran dos secuestradores, nada más, pero ya habían demostrado que no temían apretar el gatillo.

Mientras tanto, en la cabina no se habían dado cuenta de nada de lo que estaba sucediendo en la sección de pasajeros. El capitán Jorge Lucena, distraído, silbaba una melodía. Ahí también iban un ingeniero, un aprendiz de ingeniero y el copiloto Pedro Gracia.

PEDRO GRACIA: Cuando en un momento, bruscamente, entró una persona encapuchada, con un revólver apuntándonos al ingeniero Tulio Lozano y a mí.

ALARCÓN: Este es Gracia, el copiloto. El capitán no se dio cuenta de lo que estaba pasando detrás de él. Siguió silbando, mientras un hombre apuntaba un revólver dentro de su cabina.

GRACIA: Yo le llamé la atención y le dije: “Capitán, mire”. Él volteó la mirada y palideció totalmente.

ALARCÓN: Un par de minutos después, llegó a la cabina el otro secuestrador. Era más alto y, por cómo hablaba, parecía estar a cargo.

El hombre dijo: “Esto es un secuestro”. Y el capitán le contestó:

GRACIA: “Cuénteme qué quiere”. Y él solamente expresó una palabra: “Aruba”.

ALARCÓN: Pensando que había escuchado mal, el capitán le preguntó:

GRACIA: “¿A Cuba?”. Y él respondió: “No, Aruba”.

ALARCÓN: Así empezó uno de los secuestros más espectaculares en la historia aérea de América Latina. El productor Massimo Di Ricco investigó durante años los detalles de esta historia.

Aquí Massimo.

MASSIMO DI RICCO: Esa confusión del capitán Lucena, pensar que la orden era ir a Cuba, no viene de la nada. Desde 1967, al menos treinta aviones colombianos, y otros 59 en la región, habían sufrido intentos de secuestros para volar hasta la isla. Y la mayoría lo había logrado. Los secuestradores solían ser simpatizantes de la revolución o personas que buscaban irse de sus países, imaginando una mejor vida allá. Para algunos la revolución daba pie a las utopías.

Fidel Castro había llegado al poder en 1959 y, pocos años después, Cuba tenía sus relaciones cortadas con el continente, por lo que secuestrar un avión era una de las pocas formas de llegar. No solía haber mucha resistencia de parte de la tripulación, que casi siempre volaba a la isla sin más, esperando que el asunto acabara pronto. Secuestrar un avión en Latinoamérica era un plan alocado, sin duda, pero realizable.

La prensa hasta les puso un nombre: los “Aeropiratas”.

Por su parte, el régimen cubano trataba bien a los pasajeros, y si bien investigaban a los aeropiratas, para diferenciar entre revolucionarios, delincuentes o posibles espías, no siempre los encarcelaban. Después de todo, que hubiera gente dispuesta a secuestrar un avión para vivir allí era buena propaganda frente a los países capitalistas.

Para el capitán Lucena, ni siquiera era su primer intento de secuestro: cuatro años antes, un aeropirata de veinte años había puesto un cuchillo en el cuello de su copiloto, y había dado la orden de ir a Cuba. Esa vez, se resistieron y no volaron a la isla. Incluso Lucena le pegó un puñetazo. Pero, claro, solo era un joven con un cuchillo.

Ahora los aeropiratas eran dos, tenían pistolas y no querían ir a Cuba, sino que tenían otra isla caribeña en mente: Aruba, a más de mil kilómetros de Pereira. Y aunque eso sorprendió a la tripulación, no estaban en posición de hacer preguntas.

GRACIA: Nos concentramos mucho. Dejamos a un lado el estrés y empezamos a evaluar la situación.

DI RICCO: Este es el copiloto Gracia de nuevo. Lo primero que vieron fue que el combustible que había en el tanque no les alcanzaba. El capitán Lucena le dijo al aeropirata más alto, el que parecía ser el jefe, que lo mejor era hacer una parada en Medellín. El hombre estuvo de acuerdo.

Lucena comunicó desde el aire que estaban secuestrados y que necesitaban combustible. Pero al aterrizar en Medellín, se demoraron más de 45 minutos en recargarlo. Y los aeropiratas, claro, comenzaron a ponerse nerviosos.

El capitán Lucena falleció en 2010, pero detalló los sucesos de ese día en una entrevista que le hicieron en 1973 en la televisión colombiana.

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

JORGE LUCENA: Me puso un momento la pistola en la cabeza: "Despegue, despegue. No me importa que usted no tenga combustible".

DI RICCO: “No me importa que usted no tenga combustible”. Si lo hacían corrían el riesgo de estrellarse a mitad del vuelo, así que el capitán improvisó una jugada: le dijo al secuestrador que para despegar tenían que cambiarse de pista.

No era verdad, pero le daba un poco más de tiempo a ver si llegaba el combustible. Y sí, llegó, pero el proceso de recarga era extremadamente lento. O así parecía dentro de la cabina del avión.

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

CARABALLO: Y el hombre se desesperó nuevamente y me puso la pistola en la cabeza y me dijo: “Capitán, ni un segundo más. Despega, despega, despega".

DI RICCO: “Ni un segundo más”. Ya tenían suficiente combustible, pero despegar con el tanque aun conectado al avión era demasiado peligroso: podía dañar la nave. Por fortuna, el equipo en tierra vio las señas desde la cabina y alcanzaron a desconectar todo.

CARABALLO: Y despegamos para Aruba.

DI RICCO: Ya eran las tres de la tarde. Una vez en el aire, los secuestradores se veían más tranquilos. Por primera vez dijeron cuáles eran sus demandas.

GRACIA: La petición que nos dio a conocer fue primero una suma de doscientos mil dólares en efectivo...

DI RICCO: doscientos mil dólares, distribuidos en billetes de cien y cincuenta dólares. Era mucho dinero. Para que tengan una idea, en esa época, con eso se podían comprar más de diez casas en Bogotá o por lo menos veinticinco departamentos. Y había otra petición:

GRACIA: La libertad de sus compañeros presos políticos de la cárcel del Socorro, departamento de Santander.

DI RICCO: Esa última frase le dio una nueva dimensión al secuestro. Se identificaron como miembros del Ejército de Liberación Nacional o ELN, un grupo guerrillero que iba a cumplir una década en Colombia. Y lo que pedían era que liberaran a decenas de compañeros de armas que estaban siendo juzgados en ese momento, acusados de pertenecer a la guerrilla urbana.

Era una petición sin precedentes. Aunque la prensa siempre especulaba que los secuestros de aviones colombianos eran acciones de la guerrilla, nunca una organización lo había reconocido. Era la primera vez.

Y los secuestradores querían demostrar que hablaban en serio. Les dijeron que llevaban bombas en un maletín y obligaron a Lucena a tocarlas.

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

CARABALLO: Metí la mano, sentí unos objetos redondos, pero no puedo confirmar que fueran verdaderamente unas bombas.

DI RICCO: Si no cumplían sus requerimientos, dijeron, harían explotar el avión.

Mientras tanto, en la zona de pasajeros, Luis Reátegui y los otros ciclistas estaban ansiosos. Los habían dividido: las mujeres en la parte de adelante del avión y los hombres atrás. También habían registrado sus nombres y direcciones.

El aeropirata más alto vigilaba desde la cabina y el más bajo, que también parecía el más violento, estaba pendiente de los pasajeros.

La situación era muy tensa. Casi que ni podían hablar sin que el secuestrador más bajo gritara y los amenazara.

REÁTEGUI: Nos decían que no hiciéramos ruido, que no molestáramos, que nos calláramos, que era mejor para nosotros, que en silencio. Y nada de levantarse del asiento. ¡Estarse sentados todos!

DI RICCO: Tenían que pedir permiso hasta para ir al baño y, cuando los dejaban, los vigilaban afuera de la puerta, pistola en mano. Y aunque solo eran dos, igual intimidaban.

REÁTEGUI: Los secuestradores eran… eran cuajados, musculosos, pero como no sabemos quién eran esos se veían como Santo el enmascarado de plata. Sí, así se veían.

DI RICCO: El Santo enmascarado, el personaje más icónico de la lucha libre mexicana. A pesar de las capuchas, los secuestradores daban la impresión de ser jóvenes. Pero lo más intrigante, para los ciclistas, era el extraño acento que tenían. Les sonaba como argentino o uruguayo, pero no estaban seguros. En la cabina, el copiloto Pedro Gracia había notado lo mismo, y además le parecía que intentaban ocultarlo.

GRACIA: Hablaba muy poco para no ser identificado, porque tenía un acento muy particular.

DI RICCO: Así pasaron dos horas, hasta que llegaron al aeropuerto Princesa Beatrix de Aruba, a las cinco de la tarde. Era el final del viaje, la hora de la negociación. Pero las cosas no serían tan sencillas.

GRACIA: La negociación fue muy difícil. El negociador de la empresa SAM era un abogado muy eminente llamado Ignacio Mustafá. Tenía la fama y reputación de ser muy, muy difícil.

DI RICCO: Mustafá solía liderar el equipo de negociación laboral de la empresa.

GRACIA: Entonces cuando los secuestradores pidieron doscientos mil dólares, él apenas ofreció veinte mil.

DI RICCO: Era una oferta irrisoria para los secuestradores. Y había otros problemas: no solo estaban negociando con la aerolínea sino que también tenían que lidiar con varios gobiernos. Por un lado, estaban en Aruba, y las autoridades locales querían que se fueran lo antes posible. Con el avión ahí secuestrado, el aeropuerto no podía seguir funcionando. Y, por el otro, estaban las autoridades colombianas, que aún no daban respuesta.

La noticia, en Colombia y en Aruba, ya empezaba a atraer prensa. Como gesto de buena voluntad, los secuestradores dejaron bajar a unos cuarenta pasajeros, en varias tandas, sobre todo mujeres y niños. Pero los demás ya se estaban desesperando y algunos comenzaban a pensar en planes de escape.

Los ciclistas, en particular, no paraban de mirar un extintor de incendios que había en una de las paredes del avión.

REÁTEGUI: Había un señor que era cuajado, bastante acuerpado, corpulento, ¿sí?

DI RICCO: Un pasajero que estaba sentado justo delante de ellos.

REÁTEGUI: Entonces, nosotros, entre los ciclistas hablamos: “Este es el hombre que nos va a salvar”.

DI RICCO: El aeropirata más bajo observaba fijamente a los rehenes, pero uno de los ciclistas, Carlos Montoya, se atrevió a sacar cuidadosamente el extintor.

REÁTEGUI: Él se agachó y le decía: “Aquí le pasó el extinguidor por debajo de la… de la banca”. ¡Y se lo pasó!

DI RICCO: Entonces le susurró el plan al hombre corpulento.

REÁTEGUI: “Cuando venga el... el secuestrador que siempre pasea por este pasillo, le pegás un traquetazo con él”.

DI RICCO: El hombre asintió y, disimuladamente, se cambió de asiento con el pasajero que estaba junto al pasillo. Esperaban el momento justo. Y el momento llegó: el secuestrador empezó a caminar hacia ellos.

REÁTEGUI: Cuando pasó el pirata nosotros mirábamos a ver a qué hora le zampaba el… el cachimbarro con el extinguidor.

DI RICCO: Pasó justo por donde estaban. Un movimiento ágil, un golpe seco, un ciclista que agarrara el arma, y la pesadilla podría terminar. Reátegui miró al hombre con el extintor.

REÁTEGUI: Él era... Tenía un bigote y tal vez lo único que tenía era el bigote negro y el resto pálido. No podía... como un papel, pues asustado, no fue capaz de pegarle.

DI RICCO: Las horas seguían pasando y el avión no se movía de la pista. Estaban en el Caribe, con los motores apagados, sin aire acondicionado. El calor comenzaba a ser insoportable. Muchos pasajeros se empezaron a quitar la ropa. No tenían agua ni comida. El baño era un desastre y los olores solo se pondrían peores. Por si fuera poco, en Pereira habían subido un cargamento de trescientos pollitos vivos a la bodega. Era una bomba de tiempo.

A medianoche, después de diez horas de secuestro, el gobierno de Colombia emitió un comunicado que tensionó aún más las cosas. Decía que no pensaba negociar con ningún secuestrador, y que en Colombia no existían presos políticos. Con eso, el problema del avión secuestrado quedaba en manos de la empresa SAM. Y aunque ellos sí estaban dispuestos a negociar un pago, el abogado insistía que jamás serían doscientos mil dólares.

Los aeropiratas también hicieron una declaración: dijeron que si no les cumplían, estaban dispuestos a morir.

A las cuatro de la mañana, los secuestradores obligaron al capitán Lucena a despegar otra vez, sin decirle a dónde iban. Ya en el aire, el secuestrador jefe se lo comunicó: irían a Lima, Perú. Eran más de cuatro horas de vuelo desde Aruba, y el capitán Lucena empezó a preocuparse por el avión.

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

CARABALLO: Le manifesté al secuestrador que el avión ya estaba con bastante disminución de aceite y se nos podían fundir las turbinas.

DI RICCO: Este es el capitán Lucena de nuevo, en la entrevista de 1973. El problema era que si iban a hacer trayectos tan largos, necesitaban aceite para las turbinas y las hélices, o podían romperse en pleno vuelo. Por eso, averiguó por radio si tenían en Guayaquil, que quedaba en camino. Pero, por ahí cerca, solo tenían en Aruba.

Le dijo al secuestrador que era demasiado peligroso seguir así. Según Lucena, el aeropirata le contestó:

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

CARABALLO: “Capitán, yo no quiero arriesgar la vida de los pasajeros. No quiero arriesgar la vida de la tripulación, no quiero arriesgar la del avión. Si usted lo considera, regrese a Aruba”.

DI RICCO: Y así lo hicieron. Llegaron a Aruba, por segunda vez, el jueves a las ocho y media de la mañana. Habían pasado ya casi veinte horas de secuestro.

REÁTEGUI: Yo estaba ya muy cansado, muy mal.

DI RICCO: Este es Luis Reátegui otra vez.

REÁTEGUI: Como no podíamos hablar, ahí runruneábamos de a poquito, y mirábamos a ver qué irá a pasar, hombre.

DI RICCO: En Medellín, el Clásico RCN ya estaba por empezar y, aunque ya no iba a llegar, sintió que era el momento de hacer algo. Pero no sabía qué.

REÁTEGUI: Entonces no podíamos levantarnos de la silla, ir a hablar con los secuestradores, porque de pronto nos pegaban un tiro.

DI RICCO: Pero se arriesgó. Se paró y caminó hacia el aeropirata más bajo, el mismo que habían planeado noquear con el extintor. Sacó su identificación de ciclista:

REÁTEGUI: Le digo: “Nosotros somos ciclistas, hay cuatro que vamos a correr el Clásico RCN”.

DI RICCO: El secuestrador lo miró un momento. Ni siquiera examinó la identificación. Reátegui recuerda que le dijo:

REÁTEGUI: “Yo le conozco”.

DI RICCO: Reátegui no entendió. No era como si fuera un ciclista famoso. Por otro lado, él tampoco reconocía la voz del secuestrador. Pero todo pasó tan rápido que no tuvo tiempo de preguntarle nada. De inmediato, el aeropirata agregó:

REÁTEGUI: “Pérese, pérese, que más adelante resolvemos el problema”.

DI RICCO: Reátegui regresó a donde estaban sus compañeros y les dijo:

REÁTEGUI: Ese señor me había dicho que nos iba a soltar, que a nosotros nos iban a soltar, a los ciclistas y que estuviéramos tranquilos. Entonces, bueno, ya nos calmamos un poquito.

DI RICCO: Y unos minutos después...

REÁTEGUI: Llegaron y dijeron, con la pistola nos hacían así: “¡Salgan, salgan los ciclistas!”.

DI RICCO: No entendían qué estaba pasando y tampoco preguntaron.

REÁTEGUI: Nos paramos, aleg... alegres con maletín. Y salimos y bueno, ya libres. Qué felicidad de nosotros. Ya respirábamos aire limpio, porque el avión olía… olía a mil cosas, ¿oyó?

DI RICCO: Eran las diez de la mañana y, de golpe, los cuatro ciclistas, junto a un puñado de pasajeros más, habían recuperado su libertad.

Es difícil saber con exactitud cuántos pasajeros quedaban en el avión en ese momento. Los diarios de la época dieron cifras que no concuerdan, pero es realista pensar que quedaban más de treinta. Más la tripulación, que eran siete.

El nerviosismo dentro de la cabina del avión seguía creciendo. Los secuestradores anunciaron que, por cada media hora que pasara, subirían el rescate cincuenta mil dólares. Pero la aerolínea seguía resistiéndose a pagar.

El aeropirata jefe, ya frustrado, exigió que en el próximo avión que llegara desde Colombia le llevaran todos los diarios locales, para saber qué decían sobre el secuestro. Pero el capitán Lucena no siguió la orden. Quizás pensando en el peligro de que encontrara algo en las noticias que no le gustara.

Cuando llegó el primer avión colombiano y desde la torre les dijeron que no había traído ningún periódico, el secuestrador estalló.

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

CARABALLO: Me dijo: “Capitán, usted me está engañando”, tuvo una crisis nerviosa en ese momento. Volvió y me puso la pistola en la cabeza, y me dijo: “No le acepto ningún engaño más”.

DI RICCO: La situación había llegado a un límite. En otro vuelo colombiano, habían llegado a Aruba el secretario general de la aerolínea y el abogado Mustafá. Querían subirse al avión a negociar con los secuestradores.

(SOUNDBITE DE ENTREVISTA)

CARABALLO: Me dijo: “Que no se acerque ninguno de ellos, porque, capitán, los mato, porque los mato”.

DI RICCO: Al avión no subió nadie. Solo dejaron que una azafata bajara a recoger sándwiches y agua para los pasajeros, que ya no aguantaban más. Luego le ordenaron al capitán que despegara de nuevo. Esta vez no había un destino específico. Le dijeron que se dirigiera a Centroamérica.

Mientras todo esto sucedía, otros pasajeros organizaron un plan de escape. Cuando el avión empezó a moverse, alguien abrió la puerta trasera de emergencia…

GRACIA: Empezaron a saltar a tierra varios hombres.

DI RICCO: Eran por lo menos cinco metros de caída, y un par de pasajeros quedaron con lesiones en la cabeza y en las piernas, pero ninguno quedó grave.

Entre los que saltaron estaba una pareja de especial importancia para los aeropiratas, millonarios y dueños de una de las principales fábricas de aceite de Colombia. Cuando se dieron cuenta de que ellos habían saltado, se alteraron todavía más. Y encima, estaban con la puerta abierta.

GRACIA: Los secuestradores se asustaron y pensaron que era al contrario, que la policía había ingresado al avión. Se estresaron tanto que ordenaron salir inmediatamente.

ALARCÓN: El avión se elevó, en medio del caos. Dieron vueltas por Panamá, Costa Rica, hasta El Salvador, pero en ningún aeropuerto les permitieron aterrizar.

Así que regresaron, por tercera vez, a Aruba. Estaban casi donde habían empezado. En realidad, peor: el gobierno colombiano se había negado a negociar, no les había dado un peso y tenían cada vez menos rehenes.

A las diez de la noche del jueves, 32 horas después de iniciado el secuestro, los aeropiratas dieron un plazo final: las once de la mañana del día siguiente.

Si no recibía el dinero para entonces, habría consecuencias.

Una pausa y volvemos.

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ALARCÓN: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón.

Antes de la pausa contamos cómo dos hombres encapuchados secuestraron un avión en Pereira, Colombia, con 84 pasajeros. Se identificaron como guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional, pidieron doscientos mil dólares y la liberación de prisioneros políticos. Pero ya había pasado más de un día entero y el avión no había hecho otra cosa que dar vueltas y regresar una y otra vez a Aruba.

Habían dejado salir pasajeros, otros se habían escapado y no parecía que las autoridades estuvieran dispuestas a cumplir sus demandas.

Pero los secuestradores no se daban por vencidos. Si a las once de la mañana no tenían respuesta, considerarían que la negociación había finalizado.

Y ya habían dicho que estaban dispuestos a no salir vivos del avión.

Massimo nos sigue contando.

DI RICCO: Después del tercer aterrizaje, las autoridades de Aruba les hicieron una exigencia a los aeropiratas: un cambio de tripulación. Era muy peligroso que siguieran despegando con el capitán y su equipo exhaustos. A cambio, la aerolínea enviaría un maletín con cincuenta mil dólares, en manos del nuevo capitán que subiera. Los secuestradores aceptaron.

Pero venía un nuevo reto: convencer a otra tripulación de subirse a un avión secuestrado, en el que las cosas se estaban saliendo de control.

EDILMA PÉREZ: Yo llegué y le dije: “A la orden, ¿para qué me necesita? Y el gerente me dijo: “Hay que relevar la tripulación que está en Aruba”.

DI RICCO: Esta es Edilma Pérez, azafata de SAM en ese momento, quien estaba empezando su turno en el aeropuerto de Medellín. Tenía 32 años y acababa de cumplir dos años de trabajar en la compañía.

Ya estaba decidido que los comandantes Hugo Molina y Pedro Ramírez formarían parte del reemplazo, como capitán y copiloto. Y también se subiría el ingeniero de vuelo, Alfredo Shaffer. Solo faltaban las azafatas. Edilma preguntó cuáles de sus colegas ya se habían ofrecido a subir.

PÉREZ: No sé, me dijo el gerente, no sé quién está dispuesta. Entonces yo le dije: “Yo voy”. Y él se quedó mirándome y me dijo: “¿Usted va? ¿Usted sabe a lo que van?”. “Y sí... yo voy”.

DI RICCO: Era madre soltera de cinco hijos y ese trabajo le había permitido sacarlos adelante. Estaba muy agradecida con SAM por haberla elegido. En esa época, era muy raro que una aerolínea contratara a una mujer con hijos. Y ella, además, formaba parte del equipo de reserva del aeropuerto, que debía presentarse ante cualquier emergencia o reemplazo.

Edilma les dijo una cosa más: que si llamaban a María Eugenia Gallo, que venía llegando de un vuelo de Cúcuta, ella también iba a aceptar. Eran muy buenas amigas y siempre trataban de volar juntas.

María Eugenia, de hecho, ya había visto el avión secuestrado en Medellín, en la primera parada que hicieron para cargar combustible.

MARÍA GALLO: Y lo vimos, lo vimos a lo lejos, y le dije a mis compañeras: “Ay, qué rico estar en ese avión, y tener esa experiencia, y tener como qué contar más adelante a nuestros hijos, a nuestros nietos”. Mis compañeras: “Ay, estás loca”. Y yo les dije: “No me parece, sería muy rico”.

DI RICCO: María Eugenia tenía 23 años, no tenía pareja ni hijos, y le sobraba espíritu aventurero. Por eso, cuando la llamaron, no necesitó pensarlo mucho.

GALLO: Yo dije: ay no, listo yo voy. De una. Y así… así empezó esa aventura.

DI RICCO: María Eugenia se fue a su casa a empacar ropa y le contó a su mamá lo que estaba por hacer.

GALLO: “Mija, pero usted está loca. ¿Cómo se le ocurre?” Mis hermanas también. Y yo: “Ay, no, yo quiero, yo quiero ir”. Y me fui.

DI RICCO: Edilma solo le avisó a una hermana.

PÉREZ: Y le dije: “Hermana, me voy, pa’l secuestro, te quedan mis hijos”. Y me dijo: “¿Cómo? No le di tiempo a que me contestara, sino le dije: “Ahí están mis hijos. Cuídalos” yo le colgué el teléfono.

DI RICCO: Ya estaban listas: su próximo vuelo juntas como azafatas sería a bordo de un secuestro. Se unió una tercera azafata y la tripulación completa llegó a Aruba a la madrugada. Pasaron a un hotel a descansar y comer, pero, cuando iban a empezar, recibieron una llamada. Debían ir al aeropuerto de inmediato.

Cuando llegaron, vieron el avión en medio de la pista.

PÉREZ: Nosotras estábamos, así, en una fila recta. Y al lado del avión no había nadie, nadie, nadie.

DI RICCO: Ni policías ni gente de la empresa ni periodistas. Los secuestradores habían ordenado que nadie más que la tripulación se acercara.

El primero en ser liberado fue el copiloto Pedro Gracia, a cambio del nuevo capitán, que llevaba el maletín con los cincuenta mil dólares.

El intercambio siguió, uno por uno, y al final los aeropiratas liberaron a un grupo de nueve pasajeros más. Edilma y María Eugenia fueron las últimas en subir y alcanzaron a ver a las azafatas de la tripulación anterior. Se veían demacradas, y cuando pasaron junto a ellas, las abrazaron y lloraron.

Edilma caminó hacia las escaleras del avión y, una vez que estuvo ahí, empezó a sentir el peso de la decisión que había tomado.

PÉREZ: Me temblaban los pies. Cuando yo subí las escalas, ya tenía miedo, obvio.

DI RICCO: Edilma subió y la siguió María Eugenia. Los aeropiratas las revisaron y les dijeron que tenían que acatar cada una de sus órdenes, porque ellos mandaban dentro del avión.

PÉREZ: Y cuando nosotros entramos, pues el avión estaba muy desordenado...

GALLO: Todas las sillas volteadas…

PÉREZ: Había mucha basura en el avión, porque no la habían dejado todavía bajar…

GALLO: Y los pollitos, pues qué pesar, se murieron ahí en la… en la barriga del avión. El olor en el avión era terrible más el calor.

DI RICCO: Lo que más las impresionó fue ver a los pasajeros.

PÉREZ: Ellos tenían una cara de pánico, como quién dice: ¿Ustedes qué están haciendo aquí?

GALLO: Nos miraban como asombrados y nosotros, pues, tranquilizándolos, que todo iba a salir bien, que no se preocuparan.

DI RICCO: Pero, claro, no tenían cómo saber si las cosas iban a salir bien. Al menos, los secuestradores tenían parte del dinero y ya no hablaban de liberar presos políticos. Llevaban 38 horas de secuestro. Eran las cuatro y veinte de la mañana del viernes primero de junio, y la nueva orden era volver a despegar: esta vez, rumbo al sur del continente.

Pararon en Guayaquil, Ecuador, y exigieron combustible, comida y periódicos. Esta vez, el nuevo capitán, Hugo Molina, sí cumplió la orden, y los aeropiratas comprobaron que ya eran famosos: el secuestro era noticia en todas partes.

Cincuenta minutos después, volvieron a despegar, y en el aire le comunicaron al capitán cuál era el nuevo destino: Antofagasta, en el norte de Chile.

PÉREZ: Y el capitán le dijo que el avión no podía aterrizar en Antofagasta porque el avión era demasiado grande para esa pista.

DI RICCO: Los secuestradores le pidieron las especificaciones del avión al capitán, para contrastarlo con sus cartas de navegación.

PÉREZ: Entonces ellos vieron que el capitán les estaba diciendo la verdad.

DI RICCO: Así que cambiaron de plan y le dijeron a Molina que se dirigiera hacia Lima. Parecía como si estuvieran improvisando.

Y entre más tiempo pasaba, más violentos se ponían.

PÉREZ: Ya ellos estaban agresivos, gritaban. Y como quien dice, yo soy el más guapo. Pero en realidad ellos estaban demasiado nerviosos. Muchos momentos en que nos amenazaban con la pistola en la cabeza.

DI RICCO: Los aeropiratas llevaban dos días sin dormir, turnándose para comer, ir al baño, y vigilar la cabina o los pasajeros. Parecían a punto de estallar.

Pero las azafatas, que estaban descansadas, entendían cómo debían actuar.

PÉREZ: Les charlábamos, les hacíamos bromas como para que se disiparan, porque ellos estaban muy tensionados. Entonces, ellos nos cogieron como… como confianza. Porque si nosotros nuevamente nos hubiéramos acelarado, hubiera habido una balacera y nos hubiéramos muerto todos.

DI RICCO: A las 10:47 de la mañana, aterrizaron en Lima. Los aeropiratas permitieron que las azafatas limpiaran el avión, que bajaran la basura en bolsas y recogieran más sándwiches y bebidas. Sorpresivamente, también decidieron liberar a catorce de los veintitrés pasajeros que quedaban.

Este es uno de los que fueron liberados, Jaime Londoño, entrevistado pocas horas después por la televisión colombiana.

(SOUNDBITE DE ARCHIVO, ENTREVISTA)

ENTREVISTADOR: Señor, tenga la bondad de contarnos cuáles fueron los motivos de los secuestradores para que ustedes descendieran en la ciudad de Lima.

JAIME LONDOÑO: Nos prometieron ellos que después de Guayaquil, en Lima nos iban a soltar sin ningún problema, siempre y cuando las autoridades no actuaran.

ENTREVISTADOR: ¿Por qué no soltaron a los otros nueve pasajeros?

LONDOÑO: Porque cuando llegamos a Guayaquil ellos cogieron la prensa y en la prensa decía que los secuestradores se habían manejado muy mal con el personal a bordo, donde eso es mentira. Entonces parece que a ellos les hirió bastante eso.

ENTREVISTADOR: Cuéntenos, ¿y alguno de los secuestrados ha descansado en algún momento?

LONDOÑO: No, no han descansado. Están drogados o dopados.

ENTREVISTADOR: Mil gracias por sus declaraciones, muy amable.

DI RICCO: Pasado el mediodía, volvieron a despegar, ahora hacia Mendoza, Argentina. En este punto, ya no estaba muy claro qué pretendían los aeropiratas: si tenían algún plan o solamente estaban volando de un lugar a otro.

En Mendoza, de hecho, ni siquiera apagaron las turbinas en las dos horas que estuvieron en la pista. Con el avión moviéndose y girando sobre sí mismo, bajaron la escalera y le ordenaron a los nueve pasajeros que quedaban a bordo que saltaran.

La torre de control ni siquiera notó que estaban bajando a los pasajeros.

GALLO: Entonces las turbinas era peligrosísimo y un riesgo demasiado grande para la gente.

PÉREZ: Nosotros solamente les dijimos que tenían que correr contrario a la hélice, porque si corrían para el lado de la hélice, la hélice los destrozaba.

DI RICCO: A las nueve y media de la noche, y después de cincuenta y cinco horas, el avión de SAM despegó por primera vez sin pasajeros. El capitán alcanzó a decir una última cosa a la torre de control antes de partir: que se dirigían hacia Buenos Aires.

Y ahí se cortaron las comunicaciones.

El secuestro se había vuelto extremadamente raro. No había rehenes, ya no se hablaba más del dinero, y la identidad de los secuestradores era un misterio cada vez mayor. Decían ser miembros del Ejército de Liberación Nacional, pero los pasajeros liberados no paraban de hablar de su particular acento. Al menos, como colombianos no sonaban.

También llamaba la atención su cercanía con los ciclistas. Y cuando el capitán Lucena se bajó del avión, contó que había hablado bastante sobre deportes con el secuestrador jefe.

Incluso habían hecho predicciones para la pelea entre el colombiano “Rocky” Valdés y el estadounidense León “el Látigo” Washington, que se enfrentaban en Bogotá.

Gonzalo Valencia era periodista deportivo en Pereira, la ciudad en donde comenzó el secuestro. Y llevaba días siguiendo la noticia.

GONZALO VALENCIA: Lo que se decía era que probablemente era gente que tenía que ver con el deporte, porque, pues, trataban con cierta familiaridad a los ciclistas que estaban dentro de la nave.

DI RICCO: También se especulaba mucho sobre la preparación que tenían... Por un lado, llevaban cartas de navegación, sabían leerlas, tenían un protocolo estricto para manejar tanto a los rehenes como a la tripulación. Pero, por otro, seguían volando con un avión casi vacío y sin destino claro.

Tenían cincuenta mil dólares, pero serían arrestados apenas tocaran tierra.

En este punto de la historia, el paradero del avión se vuelve difuso.

Antes de cortar la comunicación, el capitán había dicho que iban hacia Buenos Aires, pero el avión no llegó. Esa noche, algunos medios publicaron que aterrizó en Resistencia, una ciudad junto al río Paraná, en la frontera con Paraguay. Y que una vez ahí pidieron aceite a la torre de control, pero despegaron unos cinco minutos después, sin esperar a que llegara.

Después de la medianoche, los medios paraguayos aseguraron que el avión pidió pista en el aeropuerto de Asunción, la capital del país. Antes de aterrizar, el capitán pidió a la torre que apagaran las luces de la pista. No alcanzaron a estar ni diez minutos en ella y volvieron a despegar, para perderse en la noche.

Poco después de las tres de la mañana, los periodistas se amontonaron en el Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Ahora sí, había llegado el avión.

El periodista Gonzalo Valencia, en Pereira, estaba pegado a la transmisión.

VALENCIA: Esperando a ver qué ocurría. Los hombres empiezan a narrar cuando el avión se detiene completamente. Dicen: “aquí empiezan a bajar personas”.

DI RICCO: Los primeros en descender fueron los miembros de la tripulación.

VALENCIA: Que baja una señorita, que baja alguien con un uniforme, que puede ser un copiloto y el piloto y tal cosa.

DI RICCO: El capitán Molina. El copiloto Ramírez. Maria Eugenia, Edilma.

VALENCIA: Hasta que dijeron: “Bueno, en este momento ya no sale nadie. Vamos a ver qué va a pasar con los que son los secuestradores, que deben ser los últimos en salir”.

DI RICCO: Pero los secuestradores no salían del avión. Así que alguien dio la orden al Ejército y a la policía, que esperaban en la pista: entren al avión y sáquenlos.

VALENCIA: Y la sorpresa fue… cuando dijeron: “No están los secuestradores en el avión en ninguna parte. ¿Qué ocurrió?”

DI RICCO: Esfumados. Después de sesenta horas, paradas en seis países y 22.750 kilómetros recorridos, el avión secuestrado no estaba secuestrado. Estaba vacío. De todos los finales posibles para esa noche de expectativa mediática, ese era uno de los más extraordinarios. Y la tripulación no decía nada.

Pero iban a tener que hablar. Uno a uno fueron interrogados por la policía. Si unos minutos antes eran víctimas, ahora empezaban a ser sospechosos.

Para entender lo que pasó tenemos que devolvernos al momento en que el avión hizo sus últimas dos paradas, en Resistencia y en Asunción. En cada una, como contamos, estuvieron cinco y ocho minutos, respectivamente. Hicieron varias peticiones a las torres de control, y despegaron antes de que pudieran dárselas.

Pero no estaban improvisando. Poco antes de llegar al primer destino, los aeropiratas le revelaron al capitán Molina el final de su plan: se bajarían uno en cada parada. Y se llevarían a Edilma y a María Eugenia con ellos.

GALLO: Quería que nos quitáramos el uniforme, que nos pusiéramos la ropa de civil y que lo acompañáramos.

DI RICCO: Serían su seguro de escape. Luego de la última parada en Asunción, el resto de la tripulación tendría que volar hacia Buenos Aires, y si decían dónde se habían bajado con las azafatas, la vida de ellas estaría en peligro.

Edilma sintió pavor cuando se enteró del plan.

PÉREZ: Me dio temblor, me acordé de mis hijos. Mis hijos estaban chiquitos. Me parecía que ellos se quedaban desprotegidos. En ese momento seguro que sentí demasiado miedo.

DI RICCO: María Eugenia también estaba muerta de susto. Pero no decían una palabra.

PÉREZ: No nos atrevíamos a hablar. Simplemente me acuerdo que María Eugenia me dijo: “Perez, nos tocó”. Y yo le decía: “Sí, hermana… ya”.

DI RICCO: En Resistencia, Edilma tenía que bajar primero, junto al secuestrador más alto, el que había dirigido la operación. Así que fue a la cabina a dejarle su cartera al copiloto Ramírez, a quien conocía mejor, porque era amigo de su hermano. Le habían dicho que no llevara nada que pudiera identificarla...

PÉREZ: Entonces, Ramírez me dijo: “¿Y esto?”

DI RICCO: El copiloto no se había enterado aún del plan de los aeropiratas.

PÉREZ: Entonces yo le dije: “Capitán, es que yo me bajo allí en el Chaco como rehén”.

DI RICCO: En Resistencia, provincia del Chaco, Argentina. Ramírez la miró extrañado, y le respondió:

PÉREZ: “Usted no se baja ni María Eugenia se baja. Nosotros regresamos vivos a Colombia todos o muertos a Colombia todos, pero ninguno se baja”.

DI RICCO: El copiloto salió de la cabina para hablar con los secuestradores y les dijo que si querían un rehén podía ser él, pero que ninguna de las azafatas se bajaría con ellos. Por unos minutos, los aeropiratas dudaron qué hacer. El plan se vendría abajo si la policía empezaba a buscarlos en cuanto pusieran un pie en tierra. Pero el copiloto parecía hablar en serio..

Al final, los pilotos propusieron otra solución: harían un pacto. Si ellos no se llevaban a nadie como rehén, la tripulación se comprometía a no avisar por radio dónde se habían bajado, ni tampoco cooperar con la investigación.

PÉREZ: Y los pilotos les dieron su palabra, de que no decían nada hasta que no llegáramos a Ezeiza.

DI RICCO: Eso les daría unas horas para perderse.

Poco a poco, los aeropiratas se fueron convenciendo. Pero antes de abandonar el avión, hicieron una última amenaza.

PÉREZ: Ellos dijeron que si nosotros decíamos algo, nosotros teníamos familia.

DI RICCO: Y ellos habían recolectado los nombres y las direcciones de toda la tripulación.

PÉREZ: Y usted sabe que uno por… por la familia uno da todo.

DI RICCO: Puede que ya se estén imaginando lo que pasó. En Resistencia, tocaron pista, pero no detuvieron el avión. El avión giró sobre sí mismo y, cuando entró en un punto ciego, el secuestrador jefe saltó con la mitad del dinero.

Era la misma maniobra de distracción que habían usado en Mendoza para bajar a los últimos nueve pasajeros. Seguramente había sido un ensayo.

Minutos después, volvieron a despegar rumbo a Paraguay. En el aeropuerto de Asunción hicieron lo mismo. Al tocar tierra, el capitán Molina pidió que apagaran las luces de la pista. El avión dio un giro y el segundo pirata saltó.

Algunas autoridades locales, que observaban el avión desde el aeropuerto, creyeron ver un cuerpo, y pensaron que el avión había atropellado a alguien. De inmediato, atravesaron la pista en dos camionetas, una con policías y otra con periodistas.

Pero cuando llegaron al lugar, ya no había nadie.

Cuando se bajó el último secuestrador, adentro del avión todos celebraron eufóricos .

PÉREZ: Nos dimos un abrazo, lloramos. Eso fue una emoción muy grande.

GALLO: Fue un momento demasiado emotivo y felices. Yo recuerdo que yo me senté en una silla ahí y caí. Apenas vine a despertar como cuando ya estábamos sobre Buenos Aires.

DI RICCO: Pero sabían que la llegada a Buenos Aires no iba a ser fácil, tendrían que dar explicaciones incómodas.

PÉREZ: Corríamos un riesgo, porque los pilotos no podían avisar que iban solos.

DI RICCO: Pues aunque había sido bajo amenaza contra sus vidas y la de sus familias, en la práctica, sí habían ayudado a los secuestradores a escapar.

Una vez que aterrizaron en Ezeiza y el truco final de los aeropiratas fue revelado, la sospecha cayó de inmediato sobre la tripulación. La policía los trató como posibles cómplices, y revisaron sus maletas para ver si no tenían escondidos ahí parte de los cincuenta mil dólares.

PÉREZ: A lo mejor pensaron que nosotros teníamos algo que ver con ellos o que nos habían dado plata o cualquier cosa.

DI RICCO: A la mañana siguiente, los interrogaron cinco horas más en el aeropuerto. Al salir, el capitán Molina dio sus explicaciones ante la prensa. Y cito: “En su desesperación, dijeron que si intentaban apresarlos matarían a las azafatas. Para salvarles la vida llegamos a un pacto de caballeros”.

La prensa colombiana criticó fuertemente al capitán Molina por no haber avisado por radio que los secuestradores ya no estaban en el avión. Hasta su padre tuvo que dar una entrevista para defender a su hijo. El diario El Tiempo de Bogotá habló de un “acuerdo para que los aeropiratas escaparan”, y era cierto que hubo un acuerdo, pero para que las azafatas que habían subido voluntariamente pudieran regresar a sus casas.

GALLO: Pues uno, tranquilo, porque como uno sabía que estaba haciendo un bien, porque ofrecerse uno a una cosa de esas, pues quién lo va a hacer con mala intención, ¿no? Sino pues con el fin de… de ayudar, de ayudar a la gente, que ese al final era nuestro trabajo.

DI RICCO: Los diarios colombianos no solo los atacaron a ellos: también levantaron sospechas sobre algunos pasajeros, por rumores de que habían estado muy tranquilos durante el secuestro. También publicaban supuestas filtraciones de la investigación policial, como que los piratas habían recibido formación en la Unión Soviética o Cuba, y se preguntaban si el nombre del lugar donde habían aterrizado, “Resistencia”, sería un mensaje político en clave.

No había nada claro, solo que los secuestradores se habían desvanecido. La policía argentina había rastreado los alrededores de Resistencia, pero una densa niebla no dejaba ver a más de cincuenta metros. En Paraguay pusieron controles en la frontera. Parecía demasiado tarde: los secuestradores llevaban horas de ventaja, tenían el dinero para desaparecer y nadie les había visto el rostro.

Sin embargo, habían dejado algunas huellas.

Estaba la cercanía con los ciclistas, lo de los comentarios deportivos entre Lucena y el secuestrador jefe, y se habían bajado uno en Paraguay, y el otro casi en la frontera.

En la ciudad donde comenzó el secuestro, Pereira, existía una comunidad de inmigrantes paraguayos: eran futbolistas que llevaban décadas migrando para jugar en las filas del club local, el Deportivo Pereira. Desde la década de los cincuenta, habían pasado un centenar de jugadores paraguayos por el club.

La comunidad se conocía como la “Pereira paraguaya”. Y dentro de esta había sospechas. Gonzalo Valencia, el periodista deportivo que habló antes, las conoció poco después del fin del secuestro, cuando fue con su esposa a un restaurante. Ahí se encontraron con un exfutbolista paraguayo y empezaron a hablar de eso.

VALENCIA: Nos comentó que si sabíamos quiénes eran los secuestradores. Le dijimos que en Colombia nadie sabía.

DI RICCO: Pero el ex jugador paraguayo les dijo que él sí. Que mucha gente sabía, o por lo menos que corrían rumores.

VALENCIA: Nos contó que eran dos compatriotas de ellos los que habían secuestrado el avión. Y estaban recién llegados al fútbol de Colombia.

DI RICCO: Así, de golpe, sentado en un restaurante, Gonzalo escuchó los nombres de los dos hombres que habían tenido en vilo al país durante sesenta horas.

VALENCIA: Eran Eusebio Borja y Francisco Solano López.

DI RICCO: Gonzalo no lo podía creer. Resulta que los había conocido.

VALENCIA: Yo había hablado con ellos, había alguna vez tomado un café con ellos, y no había intuido jamás en la vida que pudieran dar un vuelo de esa categoría.

DI RICCO: El exfutbolista le contó que semanas antes del secuestro, Solano López y Borja habían intentado juntar dinero entre la comunidad paraguaya para un negocio que estaban armando. Tenían problemas económicos: se habían mudado a Pereira para jugar en la liga local, pero no tenían equipo.

Cuando se supo que uno de los secuestradores se había bajado en Asunción, los de la Pereira Paraguaya se preocuparon. Un crimen de este tipo podría dañar la buena imagen de los paraguayos en la ciudad.

Cuando investigué esta historia, hablé con más de treinta personas sobre lo que pasó en esos días, y tres fuentes me dijeron que probablemente fue alguien de la Pereira Paraguaya quien alertó a la policía.

Lo cierto es que cinco días después de que terminara el secuestro, se confirmó la identidad de los aeropiratas. En Asunción la policía detuvo al más bajo, Francisco Solano López, de 31 años. Tampoco fue muy difícil: estaba en una casa que había arrendado cerca de donde vivía su familia.

VALENCIA: Yo me imagino que ellos se consideraban unos héroes. Él estaba tan emocionado y tan lleno de soberbia, que repartía dólares en el barrio donde él habitualmente había vivido en Asunción.

DI RICCO: Le quedaban veinte de los veinticinco mil dólares con los que había escapado. Gran parte de eso lo había regalado a familiares y amigos. Después de saltar del avión, esperó a que se hiciera de día en una estación de trenes abandonada, y luego intentó pagar con los dólares un pasaje de bus. Al final lo llevaron gratis.

Después de su arresto, fue exhibido ante la prensa como un trofeo por el gobierno del dictador paraguayo Alberto Stroessner. Lo fotografiaron con la capucha puesta y en la pista del aeropuerto, donde saltó del avión.

Solano López no se mostró arrepentido. Dijo, y cito, que “estaba cansado de pasar hambre y miseria y por eso decidí secuestrar el avión”. También dijo que lo del Ejército de Liberación Nacional y los presos políticos era parte del guión. Y que tampoco eran reales las bombas, solo las pistolas. Todo era parte de una serie de engaños para sacar adelante el secuestro.

De hecho, en el avión no se encontraron huellas del disparo que empezó todo. Al parecer, lo hicieron con un arma de fogueo, o sea, una capaz de hacer el estruendo de un tiro, pero sin disparar ninguna bala.

VALENCIA: Fue una cosa tan bien lograda, que eludieron la seguridad de varios países en América.

PÉREZ: Ellos tenían todo eso manipulado y lo tenían organizado. Ellos sabían lo que iban a hacer. Ellos tenían las cartas de navegación marcaditas. Eso sí pues, indudablemente ellos eran unos bandidos, unos ambiciosos. Ellos querían plata.

DI RICCO: Según Solano López, sí improvisaron dos cosas: el itinerario de los países por los que fueron pasando y el destino final. Dijo que el plan original era bajarse en Ecuador y desaparecer, pero que las condiciones atmosféricas y de visibilidad no les dejaron bajar en el lugar exacto que habían elegido.

Tenía sentido: ambos conocían bien Ecuador. Cuando detuvieron a Solano López dijo que a Eusebio Borja lo había conocido unos días antes. Pero era mentira: habían sido compañeros cuatro años atrás en el equipo América de Ambato, de la primera división ecuatoriana.

Los dos eran delanteros. Les decían el “Toro” Solano y el “Cacho” Borja. El primero era agresivo, peleador, y el segundo, que antes del fútbol había estudiado Medicina, era un jugador más cerebral. Pero ese año el América descendió y empezaron a deambular entre equipos de perfil más bajo, que casi siempre descendían.

Tenían 31 y 27 años cuando llegaron juntos a Colombia, en busca de mejor suerte. Pero nunca la encontraron. Borja, de más talento, estuvo algo más cerca: consiguió jugar en el Once Caldas unos pocos partidos, pero no lo contrataron. El equipo tenía un estilo de juego vistoso, de mucho toque, y los jugadores paraguayos tenían la fama de ser rústicos.

Solano López lo intentó en varios clubes y tampoco lo ficharon.

VALENCIA: Era un jugador de poca categoría sinceramente, e intentó jugar en el Deportivo Pereira, pero no tenía condiciones y no lo contrataron. Entonces quedó en el aire, viviendo al lado de los paraguayos, de los compatriotas que había en Pereira, pero sin poder tener ninguna actividad deportiva ni ninguna actividad laboral.

DI RICCO: Poco después de llegar a Colombia, los dos estaban desempleados, con sus carreras deportivas acabadas. De vez en cuando, jugaban partidos amistosos con los jugadores de la Pereira Paraguaya, pero no convivían mucho con ellos.

Presumían de un nivel de vida más alto del que tenían: llevaban relojes vistosos y, cuando iban a alguna comida, les gustaba pagar la cuenta de todos. De dónde sacaban ese dinero, no se sabe.

Pero la verdad era que se les estaba acabando.

Dos años después de la captura, Solano López fue extraditado a Colombia, en donde le dieron cinco años de cárcel. El ciclista Luis Reátegui asegura que lo visitó mientras cumplía su condena, junto a un periodista que quería escribir un artículo sobre el aeropirata.

Y que era verdad lo que le dijo Solano López en el avión: se conocían. En una oportunidad, recuerda, se habían encontrado en un hotel en Pereira y habían jugado un juego de mesa.

Este es Reátegui, contando esa visita:

REÁTEGUI: “Miiiira, mira, ¡Reategui estaba cagado de mieeedo! ¡Igual los otros!”, y se reía con nosotros.

DI RICCO: Es difícil saber cómo o en qué momento se les ocurrió secuestrar un avión. Solano López nunca lo contó, porque quería escribir un libro. Algunos dicen que lo escribió en la cárcel y se llamaba: “Yo, pirata aéreo”, pero nunca se publicó. Quizás influyó el haber llegado a Colombia, entonces el segundo país con más secuestros aéreos del mundo, y que llevaban muchos años de club en club, de avión en avión. Es probable que se hayan sentido expertos en el tema.

Y sabemos una cosa más: algo que dijeron varias veces en el aire, mientras pedían los diarios para saber qué decían de ellos. Algo que seguramente no estaba en el plan, y añadieron mientras se volvían más y más famosos.

Se lo dijeron al capitán Lucena, a modo de despedida:

VOZ: "Lamentamos mucho que se vaya y no pueda acompañarnos a batir el récord mundial de secuestros”.

DI RICCO: Querían una hazaña para ser recordados por siempre.

Es muy difícil seguirle la pista a Solano López desde el momento en que entró a la cárcel. De hecho, no encontramos registros en el sistema penitenciario colombiano sobre cuándo salió. Y en los diarios dejó de ser noticia. En Pereira existe el rumor de que murió años después, en un asalto a un banco en Buenos Aires.

De Eusebio Borja, el secuestrador jefe que saltó del avión en Resistencia, no se supo nada más, a pesar de que lo siguieron buscando. Era como si nunca hubiera tocado tierra. Cada tanto, se escuchaba un nuevo rumor: que lo habían visto en una isla colombiana, que se había comunicado con una persona de la Pereira Paraguaya, pero jamás volvió a ser visto en público.

Casi cincuenta años después, si aún está vivo y escuchando este episodio desde algún lugar, el secuestro más largo del mundo aún no termina para él.

ALARCÓN: En los años que siguieron a este secuestro se empezaron a ratificar entre los distintos países de Latinoamérica tratados contra la piratería aérea. Se subieron las penas y se fortaleció la seguridad en todos los aeropuertos.

Todo esto significó el fin de la época dorada de los aeropiratas.

El capitán Molina y el copiloto Ramírez, quienes propusieron el “pacto de caballeros”, murieron diez años después. Su avión tuvo complicaciones al despegar y se estrelló contra una fábrica cerca del aeropuerto de Medellín.

Al día de hoy, el secuestro del avión HK-1274 de SAM sigue siendo uno de los más largos y espectaculares en la historia de la aviación mundial.

Massimo Di Ricco es investigador independiente. Vive en Barcelona. Coprodujo esta historia con Victoria Estrada. Victoria es editora en Radio Ambulante y vive en Xalapa, México.

Massimo ha recolectado esta y otras historias sobre la piratería aérea en América Latina en el libro Los Condenados del Aire – El viaje a la utopía de los aeropiratas del Caribe, publicado en Colombia en 2020.

Este episodio fue editado por Camila Segura, Nicolás Alonso y por mí. Desirée Yépez hizo el fact-checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri y Rémy Lozano, con música de Rémy. Gracias a David Trujillo y a Aneris Casassus por su ayuda con esta historia. Y un agradecimiento especial a Ismael Torres por prestarnos su voz para este episodio.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Jorge Caraballo, Xochitl Fabián, Fernanda Guzmán, Miranda Mazariegos, Barbara Sawhill, Hans-Gernot Schenk, y Elsa Liliana Ulloa.

Carolina Guerrero es la CEO.

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

Estamos a punto de concluir nuestra décima temporada, pero tenemos otro gran podcast, El Hilo y desde ahí seguimos... Cada viernes revisamos la noticia más importante de Latinoamérica y contamos la historia detrás de ella. En el episodio del viernes pasado, reportamos desde México, uno de los países con más trabajadores sanitarios fallecidos por coronavirus. No se lo pierdan.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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